En un pequeño poblado balneario viven un alcalde, una mujer más joven que es su pareja y un tercer hombre, un marino que llega para colaborar con tareas no muy claras. Aunque poco se sabe de ellos, hay un pasado que se añora y un presente que se sufre.
Segunda película de Fernán Rudnik, mantiene algunas de las características de su ópera prima, El nadador inmóvil, aunque se trata de una experiencia decididamente menos radical.
Si en el primer film no había diálogos, ahora aparecen, pero en un tono absolutamente enrarecido: en buena parte de la historia lo que dicen los personajes suena artificial, una elección que los pone en sintonía con la propia puesta en escena, que acentúa el distanciamiento del realismo.