La tercera parte de la trilogía sobre el agente amnésico Jason Bourne encuentra al elenco y al equipo técnico a sus anchas tras el éxito de los dos primeros episodios, lo que permite disfrutar de una obra de excelente realización e intenso ritmo que, a la vez que revive el género de espionaje, subvierte varios de sus principios formales e ideológicos.
Los nombres se repiten detrás y delante de cámara. En el elenco, Matt Damon vuelve en su ascética interpretación del agente fugitivo que quiere recuperar su pasado, y -salvando la ausencia forzada de los actores cuyos personajes fueron eliminados en las partes anteriores o la adición de algún nuevo secundario (David Strathairn, Scott Glen, Paddy Considine)- vuelven los nombres de Julia Stiles, Joan Allen y Albert Finney.
En el equipo técnico, Paul Greengrass (incorporado a la saga en el segundo capítulo, La supremacía de Bourne) como director, Doug Liman (director del episodio original) como productor ejecutivo, el músico John Powell, el fotógrafo Oliver Wood y el editor Christopher Rouse.
Aquí, la trilogía fílmica completa su proceso de alejamiento ideológico de las novelas de Robert Ludlum que le sirvieron de inspiración: mientras en los libros Bourne es un agente de la CIA en busca de Carlos "El Chacal", en los films es un asesino entrenado por el gobierno estadounidense que, arrepentido, emprende una carrera por aclarar su pasado que pone al descubierto los pliegues más oscuros de la organización de la que fue parte.
En un alarde narrativo, el argumento de este tercer episodio repite, completa y resignifica los minutos finales del segundo film, narrando lo que ocurre entre la persecución que sufre Bourne en Moscú y la conversación telefónica que tiene, tiempo después, con la agente de inteligencia Pam Landy en Nueva York. Esta relectura es aprovechada para agregar más detalles profundiza a la idea central del tríptico, casi enfrentada con la de los libros de Ludlum. la visión de que la obsesión estadounidense con la seguridad nacional ha terminado por engendrar una estructura criminal tan peligrosa como las amenazas que dice perseguir.
Mientras que el argumento mantiene el suspenso, los viajes por varias ciudades, las persecuciones y las peleas de rigor en el género, al mismo tiempo elimina casi completamente las pausas habitualmente creadas para introducir largas explicaciones o momentos románticos: casi todo el film es un ejercicio de acción narrada por una frenética cámara en mano con planos muy cortos, una técnica que Greengrass ya había utilizado extensamente en la segunda obra. El Bourne de Damon, obsesionado con llegar al fondo de su pasado, habla solo lo necesario y nunca ríe ni descansa.