En octubre de 2006 fallecía el cineasta argentino Eduardo Mignogna y quedaba en suspenso la concreción de la película en la que estaba trabajando desde hacía un buen tiempo. A las pocas semanas, la productora local Pampa Films (propiedad de Pablo Bossi) iniciaba la búsqueda de un reemplazante que se hiciera cargo del proyecto, sobre el que había buenas expectativas, ya que era la adaptación de una novela del propio Mignogna y el elenco estaba encabezado por uno de los actores más importantes del cine argentino: Ricardo Darín.
A nadie se le había ocurrido que Darín podía ser la llave para resolver también el tema de la dirección, pero eso fue lo que ocurrió: con la ayuda de un equipo de colaboradores, el actor trabajó durante unos diez meses sobre el guión que había dejado Mignogna, transformó la idea original y la llevó a la pantalla. Lo que estaba, como dice Darín, en el subsuelo, pasó al primer plano. Y esta obra se convirtió de buenas a primeras en el primer policial negro hecho y derecho que se filma en la Argentina en mucho tiempo.
La historia está ambientada en julio de 1952, cuando el peronismo es una presencia potente e ineludible en el país pero está a punto de sufrir un quiebre que la película -es una lectura que admite, sin dudas- subraya como definitivo: la muerte de Eva Perón es el principio del fin de ese movimiento político, o al menos de un sueño popular que pronto iba a mutar en pesadilla. La historia es bien conocida en la Argentina, y por eso es un acierto que sea apenas la música de fondo de un film que, fiel a las reglas del género, pinta un universo cargado de traiciones, violencia asordinada y explícita, pesimismo y oscuridad.
Santana y Corvalán (es decir, Diego Peretti, en uno de los mejores papeles de su carrera, y Darín) son dos detectives de poca monta que lucran con casos más cercanos al disparate que al glamour de las investigaciones tradicionales: dos gays que pelean por la posesión de un gatito, un cojo que estafa a una desprevenida inmigrante checoslovaca, algún que otro affaire amoroso... Pero llega el día en el que aparece un caso distinto, y la señal, la bendita señal de todo el asunto, viene con perfume femenino: Corvalán descubre que su pareja le es infiel, al tiempo que cae en la enmarañada red de seducción de una típica femme fatal encarnada por Julieta Díaz.
De ahí en más, todo empieza a complicarse, y la muerte, otro gran tema de la película, empieza a mostrar sus dientes. El telón de fondo es una pequeña antinomia entre los dos detectives, uno decididamente adicto al régimen, como le espeta su socio, y otro que más que un opositor es alguien que mira con recelo a la ilusión que lo rodea, un anarquista vocacional, o quizás arrastrado por las circunstancias, un loner.
Pero lo verdaderamente importante en este film es la vibración de ese sentimiento único e inobjetable, la amistad, y la conciencia permanente de que hay algo de lo que nadie puede escapar. Hacía rato que el cine argentino no ofrecía una película tan amarga y emotiva. En tiempos de una sostenida euforia triunfalista que vive buena parte del país, "La señal" hasta puede funcionar como un alerta. Su mundo es un pequeño infierno y sin embargo atrapa. El infierno, entonces, está encantador.